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Las siestas de Giménez

El viejo Giménez tenía un trastorno del sueño bastante particular. Muchas veces se despertaba de dormir la siesta totalmente desorientado, como sintiendo que era otra persona hasta que se daba cuenta que efectivamente lo era.

Con frecuencia Giménez se iba a dormir la siesta siendo Giménez y cuando abría los ojos era otro.

El tema es que no solo podía despertar en cualquier cuerpo, también podía hacerlo en épocas diferentes. Al principio Giménez pensó que se trataba de sueños extremadamente lúcidos, pero con el tiempo fue descubriendo que lo que le pasaba era que efectivamente tenía la capacidad, o el poder, o vaya a saber qué cualidad que lo teletransportaba a diferentes personas.

Tímido y callado como era nunca quiso contarle sobre ésta condición a nadie. Giménez vivía en uno de esos pueblos donde todos se conocen con todos y no tenía la intención de que lo tengan marcado como el loco del pueblo. Ese lugar, además, ya estaba reservado para García y no le hacía ninguna gracia que este último sienta que le peleaban el título. Lo último que quería era enemistarse con un loco, nunca se sabe con qué te pueden salir.

Giménez prefería el anonimato. La indiferencia, la invisibilidad. Era un hombre que se sentía absolutamente cómodo siendo Giménez. Por eso le molestaba tanto cuando despertaba en cuerpos de personas famosas. Como esa vez que despertó siendo Ricky Martin durante una gira en Buenos Aires y no podía poner un pie en la calle sin que una horda de fanáticas desesperadas aúllen por él, es decir por Ricky Martin, no por Giménez claro está.

Pero había siestas de las que Giménez realmente agradecía despertar. Como esa que lo transportó al 22 de junio de 1986 y lo alojó en el cuerpo del búlgaro que impartió justicia en el partido que Inglaterra y Argentina jugaron en el mundial de México. Ese día Bogdan Dochev, es decir Giménez, eligió no ver la mano de Dios para cuatro minutos después ver al mismo Dios desparramar a cuanto inglés se le cruzó en el camino en el gol más increíble de la historia de los mundiales.

Hoy, Giménez es un viejo anónimo y solitario, pero hace ya muchos años, mucho antes de empezar a experimentar estas siestas tan particulares, era un joven inocente con sueños, anhelos, y un corazón que le correspondía a Beatríz Oliva. La muchacha de Aserradero, que aunque vivía a un pueblo de distancia, se había encargado de enamorarlo sin siquiera haberle dirigido la palabra nunca. Mucho menos mirarlo. No lo tenía en ningún registro.

Como Giménez era tan tímido, tan callado, nunca logró expresarle sus sentimientos. El solo hecho de pensar en acercarse a hablarle le producía una presión insoportable en el pecho. Lo petrificaba la posibilidad de intentar hilar palabras y que salgan todas desordenadas, o que de la nada empezara a llorar. O que le agarre hipo y del calor perder la verticalidad. En esos pueblos la información corre muy rápido. Mejor quedarse en el molde. Él acá y ella allá. 

Giménez asumía con muchísima dignidad no merecer el corazón de Oliva. Una mujer así no podía estar con un cobarde, con un aburrido, con un tipo tan callado y con tan poco para ofrecer. No señor, la señorita Beatríz Oliva se merecía un caballero hecho y derecho. Un profesional, un médico tal vez, un intelectual que pueda enamorarla primero con la mirada, luego con su labia y por último con su virilidad.

Lo que Giménez nunca se pudo haber imaginado es que en uno de esos sábados de milonga a los que prefería no asistir para ir a pescar con los amigos, el pelotudo del vasco Undurraga iba a encarar a Beatríz. Ese vasco arrogante, desleal, sinvergüenza y mujeriego que no tenía donde caerse muerto tuvo la gran idea de invitarla a bailar, hacerla reír, robarle un beso y llevarla en su auto vaya a saber dónde. Demás está decir que con el tiempo la señorita Oliva y el infeliz de Undurraga se casaron, tuvieron dos criaturas horribles y todavía siguen juntos hasta hoy.

Justamente Undurraga. No había persona que le cayera peor. Justo ese cortado verde, que no tenía nada de caballero, ni de profesional, ni intelectual, ni mucho menos viril, venía a soplarle a Beatríz. Que haya sido el vasco y no otra persona fue lo que hundió a Giménez en una profunda tristeza durante mucho tiempo. Y fue durante ese lapso de oscuridad en que el viejo empezó a tener sus particulares siestas.

Tal vez lo que más le molestaba a Giménez era que Undurraga era tan corriente como él y que lo único que necesitaba para ganar el corazón de su amor platónico era hacer lo que había hecho el vasco. Toda esta reflexión había despertado una gran angustia en Giménez porque por primera vez le caía como un mazazo su propia cobardía. Es curioso, nunca había estado ni cerca de tener el corazón de Beatríz, pero ahora que la sabía fuera de su vida sentía que realmente la había perdido.

Un día, al despertar de una de sus siestas, Giménez se sintió más ligero. Cuando se sentó en la cama no notaba molestias en su espalda, la respiración parecía como más fresca y cuando empezó a enfocar en la oscuridad de su pieza descubrió que era realmente su pieza. Pero algunas cosas no estaban como él las había dejado hacía un rato, cuando se había acostado. Giménez fue hasta la heladera. Al ver el almanaque descubrió que era el Giménez de hace 30 años, y que era sábado. El sábado que había perdido a Beatríz para siempre.

Al viejo, que ahora era joven, se le aceleró el corazón. Era la oportunidad con la que había fantaseado durante las últimas tres décadas. Adelantarse al forro de Undurraga y declararle su amor a María Beatríz Oliva. No sabía cómo lo haría, nunca lo había hecho con nadie. Al tema del encare le había esquivado durante toda su vida. Sus únicas dos pasiones habían sido la pesca y la mujer que ya hemos nombrado. Pero si al vasco le había funcionado, entonces a él también.

Así fue como Giménez le canceló el día de pesca a sus amigos con la excusa de que hoy era una noche muy importante para la historia de su familia. Esta noche iba a significar un quiebre en su vida, un momento bisagra. Hoy se elevaría al olimpo del amor y entraría en andas conducido por los grandes galanes de la historia. Hoy sería la envidia de todo Aserradero.

Giménez vistió su mejor pilcha, abusó de perfume, inundó el pelo de gomina y encaró para el boliche de Aserradero. Esa noche Giménez era Gardel. Se sentía Gardel. Si hasta iba tarareando El día que me quieras mientras manejaba hasta el pueblo del que era oriunda su futura mujer. Y llegó Giménez al bolichito. Y ahí estaban la música y la gente, y Beatríz.

Y también estaba el inútil de Undurraga, pero no importaba porque esta vez Giménez le iba a ganar de mano. Y ahí fue Giménez. Y ahí el destino tiró su moneda al aire y tenía que caer seca y cayó cara. Y mirá que el viejo la sacó a bailar, y le sacó charla, y le contaba chistes, y le dijo que estaba muy linda, que ese vestido le hacía juego con sus farolitos. Pero nada che. La señorita Oliva ni se inmutaba ante los esfuerzos de Giménez que cada vez era menos Gardel y más Giménez. Y qué le vas a hacer Giménez. A veces las cosas no se tienen que dar. A veces la vida quiere que sea el inoperante de Undurraga y no uno. Cuanto más rápido acepta uno las derrotas, mejor puede vivir. Para que unos ganen otros tienen que perder, es así viejo, es así, entendió Giménez.

Desde ese día, dejó de despertar siendo otra persona. Una que otra vez despabilaba más despistado que otras veces, pero cuando volvía en sí, se daba cuenta que seguía siendo el mismo Giménez de siempre. Desde esa noche en el bolichito, desde ese rechazo, desde esa frustrada historia de amor, Giménez finalmente tuvo claridad. Por fin supo “qué hubiese pasado si”. Por eso, y porque la cabeza es débil, cuando al viejo lo abruman la impotencia, o la soledad, se pone el pijama, baja las persianas y se duerme una siestita reparadora.

Santiago Pedroza

Nací y me crié en San Francisco lo que me convierte en un cordobés sin tonada. Trabajo de creativo publicitario y cuando no estoy formando parte de la maquinaria capitalista escribo cuentos, relatos o reflexiones. Escribo porque es mi manera más fácil de bajar ideas y porque un poco me gusta decir que escribo. Me gusta mucho ir a bares a tomar café con leche y medialunas porque casi siempre es ahí donde se me ocurren las ideas.

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